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Domingo, 17 de Diciembre  
 
CRONICA Asturias 2001 ¿Paradisíaco? fin de semana en el Principado Imprimir
10 de Febrero de 2011

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¿PARADISIACO? FIN DE SEMANA EN EL PRINCIPADO - ASTURIAS 2001

 

Cruzamos el Negrón la tarde del 8 de Junio con la esperanza de que, al otro lado, el tiempo no hubiera hecho caso de previsión meteorológica alguna, y el sol brillara, si no radiantemente, sí que por lo menos lo hiciera tímidamente entre alguna nubecilla. Pero, lógicamente, nada más lejos de la realidad: una densa niebla cubría tupidamente todo el valle del Huerna, echando por tierra todas nuestras esperanzas y haciendo incluso peligrosa la conducción, dada la escasa visibilidad. Más abajo, en Campomanes, llovía considerablemente y el cielo se mostraba de un gris plomizo, sumamente amenazante.

Atravesado Mieres y ya llegando a Oviedo, la retención de turno (esta vez de unos 10 Km) debido a un accidente en la A-66. Esto hace que lleguemos al Hotel Las Lomas, lugar de concentración de la élite ciclista, con el tiempo bastante ajustado: son la siete y cuarto de la tarde. Manolo ya nos espera en recepción para asignarnos las habitaciones y entregarnos la bolsa-obsequio de CajAstur, que contiene un magnífico libro sobre L’Angliru y un hierro retorcido al que aún no he encontrado aplicación (se rumorea que hace las veces de una pata de cabra para sujetar la bici). Por cierto, de maillots o camisetas, nada de nada: cada vez vamos a menos, pero no adelantemos acontecimientos, que todo se andará o, mejor dicho, se narrará.

Una vez instalados, nosotros en nuestras respectivas habitaciones, y las bicicletas en el garaje del hotel, montamos en el autobús urbano y nos dirigimos hacia el centro de Oviedo. A las nueve tiene lugar la recepción en el Hotel Regente, acompañada de un lunch en el que la gente asalta a los camareros despiadadamente para conseguir, en el mejor de los casos, una croqueta o una gamba a la gabardina. Vamos que el piscolabis es todo un derroche de sutilezas, comodidad y vituallas. Finalizada la bienvenida, con el estómago a medias y siendo más de las once, decidimos dar un pequeño paseo y retornar al hotel, esperando que el “Fabri’s Pub” se encuentre ya abierto.

Efectivamente, el propietario de este pub es un magnífico anfitrión y no hay nada que deje al azar. Cuando llegamos, ya tiene abierto su local y nos está esperando con unos magníficos sequillos o polvorones de “Feli’s Kitchen” y con un tónico precalentamiento de color aguamarina, que creo se denomina aguardiente de hierbas. Una vez degustado el aguardiente y saboreados los sequillos, nos dirigimos a nuestras habitaciones a intentar descansar, que mañana queda una dura jornada.

A las siete y cuarto suena el despertador (da igual, ya estaba despierto). En pie, breve mirada por la ventana para comprobar que el cielo está, asombrosamente, todo cubierto, pero afortunadamente no llueve. Culote, camiseta y chanclas y a desayunar. Allí están ya el resto de esforzados de la ruta, haciendo acopio de reservas energéticas para afrontar el día. Derrochando la misma variedad y cantidad que en lunch del día anterior, nos encontramos con que no hay huevos, ni bacón, ni salchichas, ni nada salado. Por lo tanto, café con leche, chusco con mermelada y mantequilla, minicroisants y yogur. De nuevo a la habitación, lavado de cara en condiciones, cepillado de dientes, casco, guantes, maillot, dorsal, chubasquero, zapatillas, gafas, pañuelo, bidón (por Dios, esto parece la maleta para quince días de vacaciones) y a por la bici, que son las ocho de la mañana y están a punto de venir a buscarnos.

Nos hacemos la foto de rigor, por cortesía y madrugón de Feli, y partimos hacia la Plaza de la Catedral, donde nos espera nuestro destino: miles y miles (o al menos a mí me lo parece) de ciclistas de otras cajas afilando el hacha, uniformados todos ellos reglamentariamente, y dispuestos a sacarnos los ojos en las rampas del Cordal o de la Colladiella, al menor despiste. También se encuentran allí los participantes en la marcha de montaña, estos ya más calmados y con mejor catadura que los susodichos de carretera. Tomamos un par de barritas y un zumo del estupendo y completo avituallamiento suministrado por MasyMas, nos colocamos para la multitudinaria foto, pero, como siempre, se adelantan los tipejos de Caja Murcia y nos tapan en la instantánea. Llegan los vascos los últimos para hacerse notar, con sus mazas y sus bicis en plan exhibición, pero este año estamos preparados y ya sabemos con quién nos las gastamos.

Sin más demoras, se da la salida ¿neutralizada? por las calles de Oviedo, y partimos dirección León, por la N-630. Me habían advertido que las salidas y la marcha neutralizada y en grupo se hacían a un ritmo lento y llevadero; bueno, pues nada más lejos de la advertencia. Nada más empezar a rodar, todo el mundo mete plato y a dar zapatilla. Yo creo que voy situado más o menos en el medio del pelotón, formado por casi unas cien unidades, al lado de Javier y de Pepe. Al llegar al primer túnel, busco a Jesús y me uno a él, para realizar, a partir de allí la mayoría de la etapa juntos y en compañía.

Nos desviamos a la derecha, hacia Foz de Morcín, y la velocidad, el desvío, las obras de la carretera y las ligeras rampas, hacen que el pelotón se rompa en mil pedazos y no se vuelva a fusionar hasta Pola de Lena. Atravesamos La Vega de Riosa, dejando a la derecha la desviación que indica L’Angliru, y comenzamos la ascensión del Cordal por su cara norte, de unos 8 Km. Jesús y yo realizamos toda la ascensión a nuestro ritmo, alternando nuestras posiciones con participantes de Sa Nostra y de La General. Como el tiempo nos está respetando y el temido agua no ha hecho acto de aparición, la subida se hace preciosa, con unas rampas muy llevaderas que permiten disfrutar del magnífico paisaje que vamos dejando por debajo de nosotros. Coronamos y comenzamos el vertiginoso descenso. Es una bajada peligrosa, con mucho desnivel y con curvas de 180 grados. Con precaución, pero disfrutando, llegamos abajo y a los 300 m. nos encontramos en la localidad de Pola de Lena.

Aquí tiene lugar el primer avituallamiento del día (segundo, si tenemos en cuenta el que se ofrecía en la Plaza de la Catedral). Ofrecido por azafatas y con gran variedad y cantidad, supone todo un alivio para nosotros. Una vez avituallados reemprendemos la marcha que aquí llaman neutralizada o agrupada ¿qué entenderán en estos parajes por agrupamiento?. Esto quiere decir que, de salida, hay que meter plato y tirar a tope para no perder la estela de los galgos que van delante. Cruzamos la A-66 y nos dirigimos hacia las rampas de La Colladiella, o El Urbiés, donde el pelotón llega estiradísimo, y ,casi sin resuello, comenzamos a ascender. Esta ascensión es bastante más dura que la anterior y mucho menos estética. La solución: meter el molinillo de 30 dientes y a darle al pedal como una batidora hasta arriba. Un kilómetro y medio antes de coronar, el benefactor camión de MasyMas ha parado al lado de la carretera para ofrecernos avituallamiento, sobre todo líquido, en marcha. Yo no tengo fuerzas ni para cogerlo, así que tiro para arriba, para acabar cuanto antes con este trámite. Al fin, llega la cima y a continuación un descenso prolongado y tan vertiginoso y peligroso como el anterior. Aquí vuelvo a encontrarme con Jesús que me había dejado en la subida. Al final del descenso paramos para esperar al resto del pelotón y reemprender la marcha agrupados (por Odín, otra vez agrupados no, que nos matan).

Continuamos, casi todo el trayecto a través de vías urbanas, hasta La Felguera, donde va a tener lugar el segundo avituallamiento y el encuentro con la marcha corta de carretera. Cuando llegamos ya están allí el resto de héroes y heroínas, por lo que no hay mucho tiempo para darle a la mandíbula: Biocentury, plátano de Canarias y batido de CLAS y al sillín de nuevo. Ahora el grupo es más numeroso, pero ya de salida, y debido a las primeras rampas de La Gargantada y a los malditos pasos a nivel, el grupo se estira enormemente. Cuando estamos coronando la última dificultad montañosa de la jornada, el dios de la lluvia, que hasta ese momento nos había respetado, pierde toda consideración hacia nosotros y nos envía sus saludos en forma de fuerte aguacero, que nos obliga a equiparnos con los chubasqueros (para eso hemos ido pujando por ellos) y a tomar precauciones en el descenso. Entre la lluvia, el barro y la carbonilla de la carretera, parecemos corredores de motocross, pero ya se sabe, para eso somos los esforzados de la ruta y estamos llamados a cubrir páginas de gloria en los anales de la historia del deporte de Caja España. Finalizado el descenso, nos detienen tras pasar un paso a nivel (este sí que maldito de verdad) para volver a agruparnos. Aquí tiene lugar el percance del día: Fabri cae en el paso a nivel y la consecuencia es una fractura de fémur. Ha tenido que ser evacuado en ambulancia al Centro Médico de Oviedo, y todo esto en presencia de su hija, Esther, que se estrena hoy en estas lides del cicloturismo en masa ¡menudo comienzo!.

Una vez agrupados, nos volvemos a desagrupar rápidamente, en cuanto sueltan la carrera. Me pregunto yo ¿para qué tanto agrupamiento y desagrupamiento?. ¿No podrían ponerse de acuerdo la organización y los galgos de adelante? ¡¡País!!. A partir de aquí, ya no sé en qué grupo voy. De los nuestros, únicamente veo a Alfonso. Nos ponemos en cabeza y tiramos con las últimas fuerzas que nos quedan: la reserva se encendió ya hace rato. Al llegar a Colloto, vuelven a agrupar a la gente, ofreciéndoles un último avituallamiento, para entrar juntos en Oviedo. Como sólo quedan 200 m. para el Hotel Las Lomas, continuamos sin detenernos, puesto que no vamos a ir hasta la Plaza de la Catedral.

Las mujeres, en el parking, esperan ansiosas nuestra llegada. La verdad es que nos vitorean y aplauden tanto como la gente de las poblaciones por las que hemos ido pasando, y no es broma, puesto que la afición al ciclismo es aquí inmensa. Nos hacemos una foto de recuerdo, para ver la pinta con la que hemos llegado: calados hasta los huesos y barro y arenilla en cada rincón del cuerpo y de la bici. Llega Manolo y nos informa del accidente de Fabri, aunque desconoce el alcance del mismo. Se lo comunica a Feli y tras parar una ambulancia de la marcha e informarnos de que lo han llevado al Centro Médico, Javier traslada a Feli hasta allí. Es un momento de nervios y de no saber que hacer, pero con la pinta que tenemos, lo mejor es ir raudos a la ducha.

Una vez aseados y medio recompuestos, esperamos el regreso de Javier y Feli, pero un accidente de circulación en la A-66 les tiene retenidos más de hora y media. Decidimos ir a comer al Hotel Principado, puesto que la comida estaba programada para las tres y ya son las tres y cuarto, mientras Alfonso y Raquel esperan en nuestro hotel el regreso de Javier.

En el bus de Héctor llegamos al Hotel Principado donde nos aguarda un reponedor menú asturiano: crema de nécoras, fabada asturiana y arroz con leche. Cuando ya estamos con el café, llegan Alfonso y Javier que nos dan cuenta del alcance de las lesiones de Fabri: sufre rotura de fémur y precisa intervención quirúrgica. De momento están pendientes de si la operación tendrá lugar en Oviedo, o si por el contrario, podrán trasladarlo a Zamora y efectuar allí la intervención. Gracias a Dios es viable esta última opción y procederán a trasladarlo en ambulancia al día siguiente.

Una vez satisfecho el apetito y tras un reconfortante paseo por las calles céntricas de Oviedo, partimos a las seis y media de la tarde hacia Gijón en el lujoso pullman de Héctor. Cuando llegamos, la persistente lluvia sigue sin abandonarnos y, lo que debería haber sido un agradable paseo por Gijón, se convierte en una continua huida de las frías gotas de agua. Así hasta las nueve de la noche, hora en que el ¿agradable? Héctor y su guagua regresan a recogernos para llevarnos a la ¿monumental? espicha que va a tener lugar en las cercanías, con ceremonia de clausura y entrega de distinciones incluida.

En el llagar, nos espera un grupo de gaiteros que, se supone, van a amenizar la velada, impidiendo que nos fijemos en lo que en realidad importa: la calidad y cantidad de comida con que nuestros colegas astures van a obsequiarnos en tan magno acontecimiento. Para empezar, más de tres horas de pie y sin posibilidad, en principio, de tomar asiento. Para continuar, vino peleón y sidra con cuentagotas, pinchos de tortilla, chorizo y huevos duros, cual si de una merienda campestre se tratara. Para rematar, cordero y ensalada servidos sin cubiertos, para comer de pie y con las manos, emulando, a juzgar por el lugar donde nos encontramos, a las huestes del mismísimo Don Pelayo. Una vez observadas todas las normas del buen comer, y sobre todo de la buena mesa, café en vaso de plástico (suerte que aún queda pócima en la petaca) y veneno-chupitos de manzana y avellana. Durante el desarrollo de tan opíparo ágape, tiene lugar la entrega de trofeos, en la que por cinco veces hemos de subir (permítame usar la primera persona del plural) al estrado para recoger los distintos premios, a saber: premio a la caja con más participantes, premio (desgraciadamente) a la desgracia, premio al participante más joven, premio a la participante femenina y pódium en el paso del Cordal.

A las doce de la noche, y sin ningún miramiento, nos echan para fuera a esperar al autobús. Por supuesto, continúa lloviendo incansablemente, y el bueno de Héctor no aparece por ningún sitio. Tras una hora de indecisiones, de mojaduras, de entradas y salidas al llagar, surge entre las gotas de agua la silueta del magnífico autocar de Héctor, que, debido supuestamente a tantas humedades, ha quedado reducido a unas escasas treinta plazas, y en el que no tenemos cabida toda la expedición. Al final, con gente sentada por el pasillo y las escalerillas, partimos hacia Oviedo, llegando al Hotel Las Lomas casi a las dos de la mañana, tras una infructuosa búsqueda por la capital astur de los paraguas y chubasqueros de Pepe. Tras tanto ajetreo y más de cuatro horas de pie, decidimos, casi por unanimidad, ir a entregarnos a los reponedores brazos del dios Morfeo.

Al día siguiente, inexplicablemente, continúa lloviendo sin parar (cosa rara aquí en Asturias). Los miembros de la expedición comienzan a recoger los bártulos y a prepararse para partir. Unos deciden ir a comer una fabada, otros a Valderas a degustar el bacalao (y el sol, aunque no quieran confesarlo) y otros lo que desean es llegar cuanto antes a sus casas para descansar y comer de verdad. De camino, a la salida de Oviedo, parada en el Centro Médico para interesarnos por Fabri. Se le ve bastante animado y agradece sinceramente la visita. Feli y Esther también están con muchísimo más ánimo que el día anterior y están ansiosas porque llegue la ambulancia y puedan partir para Zamora. Nos despedimos de ellos y del resto del grupo y quedamos emplazados para un nuevo reto el día 23 en el Lago de Sanabria.

Allí nos veremos todos: Hasta entonces.

Última actualización ( 11 de Febrero de 2011 )
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